En 1325, un tangerino de veintiún años sale de casa para cumplir la peregrinación a La Meca y no regresa hasta casi veinticinco años después, tras recorrer Egipto, Siria, Arabia, Persia, la estepa de la Horda de Oro, Constantinopla, la…
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En 1325, un tangerino de veintiún años sale de casa para cumplir la peregrinación a La Meca y no regresa hasta casi veinticinco años después, tras recorrer Egipto, Siria, Arabia, Persia, la estepa de la Horda de Oro, Constantinopla, la India, las Maldivas y los confines del Extremo Oriente. La Riḥla de Ibn Baṭṭuṭa —dictada al final del camino y puesta por escrito por el granadino Ibn Ŷuzayy— reúne ese itinerario desmesurado en un solo relato, entre el inventario geográfico y el libro de maravillas.
Šams ad-Dīn Muḥammad ibn ‘Abdallāh, llamado at-Tanŷī, «el Tangerino», nació en Tánger en 1304 y partió en 1325 con un propósito modesto: peregrinar. El viaje se le fue de las manos. De Alejandría al mar Rojo, de Damasco a los santos lugares, de Bagdad al Yemen y la costa oriental de África, de Anatolia a las tierras de la Horda de Oro y a Constantinopla, del valle del Indo a una década larga junto al sultán de Delhi, y de allí a las Maldivas, Ceilán, Bengala, Sumatra y —según él— China. Volvió a Fez en 1349, todavía con ánimo para asomarse a Granada y para cruzar el desierto hasta el imperio de Malí, del que su relación es una de las poquísimas fuentes contemporáneas.
El libro no es un diario de ruta sino un dictado tardío: el sultán meriní Abū ‘Inān encargó al letrado granadino Ibn Ŷuzayy fijar por escrito lo que el viajero recordaba, y de ese encuentro nació el Regalo de curiosos sobre peregrinas cosas de ciudades y viajes maravillosos. Pertenece al género de la riḥla, abierto en el siglo XII por andalusíes y magrebíes como Abū Hāmid y sobre todo Ibn Ŷubayr, herederos a su vez de la vieja geografía administrativa abasí: la de los itinerarios, las postas y los prodigios. De ahí su doble naturaleza, mitad catálogo de ciudades, mercados, jueces, cofradías y santones, mitad colección de rarezas.
Su interés excede la geografía. Ibn Baṭṭuṭa escribe desde dentro del Islam y para lectores musulmanes, y recorre un espacio que la fe, la lengua y las rutas mantenían continuo desde el Atlántico hasta el mar de la China; de la cristiandad apenas ve Cerdeña y Constantinopla, y no le hace falta. Lo más vivo del conjunto es el retrato involuntario del autor: pragmático, aficionado a la buena vida y al favor de los príncipes, dado a agrandar los recibimientos que le dispensan y a juzgar a los pueblos por su generosidad con él; proclama ardor guerrero y confiesa que la vista de la sangre lo marea; se retira con un eremita y regresa enseguida al mundo. La crítica discute sus fechas y sospecha de los capítulos chinos, pero la duda no rebaja el testimonio: lo vuelve más humano.
Esta edición ofrece la versión castellana íntegra, largamente ausente pese a existir traducciones a las grandes lenguas europeas. Se apoya en el texto de Defrémery y Sanguinetti, coteja las lecturas de Gibb, explica sus criterios de transcripción, incorpora bibliografía razonada y aligera las fórmulas piadosas reiteradas para que el relato respire.
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