Una avería en el metro de Barcelona basta para torcerle la vida a Laura: mientras espera en el andén, un anciano de la Costa Brava le habla de su abuelo, un capitán de la marina mercante que escondió un tesoro en una isla del Caribe y, de…
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Una avería en el metro de Barcelona basta para torcerle la vida a Laura: mientras espera en el andén, un anciano de la Costa Brava le habla de su abuelo, un capitán de la marina mercante que escondió un tesoro en una isla del Caribe y, de paso, compró una maldición para que ninguna mujer de su estirpe fuese feliz en el amor. Con más curiosidad que fe, Laura pide unos días en el trabajo y cruza medio mundo en busca del antídoto. Lo que encuentra al llegar es una isla de postal, un café infame y un chico que hace de recepcionista, camarero y patrón de velero. Novela de humor y aventura romántica narrada en primera persona, con una voz coloquial, autoirónica y desbocada.
Laura tiene treinta y tantos, un trabajo de informática que no termina nunca y una relación estable de tres años con su sofá. Su vida transcurre con la monotonía cómoda de quien ya ha dejado de esperar sorpresas, hasta la tarde en que el metro se detiene y una voz enlatada pide comprensión a un andén casi vacío. Allí, sentado a su lado en un banco dudoso, un anciano de Sant Feliu de Guíxols reconoce en ella a la nieta del capitán Rozas y le suelta, sin preámbulos, la pregunta que va a desordenarle la existencia: si ya ha encontrado el tesoro.
Lo que sigue es una historia familiar contada de segunda mano y con todas las costuras a la vista. El abuelo Martín, capitán respetado, hombre recto y maestro improvisado de pescadores analfabetos, descubrió un día que su mujer no era la esposa devota que aparentaba. Herido en el orgullo, levó anclas rumbo al Caribe, se dedicó al contrabando menor y al póker, escondió sus ganancias en una isla predilecta y, en una taberna, pagó a una hechicera haitiana para que maldijera a su esposa y a todas las mujeres que descendieran de ella: ninguna volvería a ser feliz con un hombre. La hechicera, prudente, le entregó también un antídoto. Y el antídoto quedó donde el tesoro.
Laura escucha entre la burla y el desasosiego, convencida de estar ante un viejo entrañable al que se le han soltado los tornillos. Pero esa noche no duerme. El repaso de su historial amoroso —y el de su madre, y el de su abuela— encaja demasiado bien con la fábula del andén. A la mañana siguiente inventa una excusa ante un jefe que apenas levanta la vista de la pantalla, tira de cuenta corriente y compra un billete en clase turista hacia una isla a quinientas millas de San Cristóbal, con un pareo y su mejor bikini en una maleta de mano.
En la isla la esperan playas que dejan cortos los anuncios de agencia, una habitación que fue cuarto de escobas y Óscar: recepcionista del hotel, camarero del chiringuito del puerto, autor de un café memorablemente malo y propietario de un velero llamado Lucy. La travesía hacia la isla del tesoro dura día y medio, incluye una escala inesperada, una pasajera que habla sin descanso y una serie de malentendidos que la imaginación de Laura convierte en tramas de narcotráfico, piratas y pulpos gigantes antes de desinflarse en algo mucho más sencillo y mucho más incómodo: la posibilidad de gustarle a alguien.
Espílez construye la novela sobre una voz narradora que lo cuenta todo desde dentro, con digresiones, exabruptos contenidos y una autoironía que no da tregua a la protagonista. El resultado combina la comedia costumbrista urbana —el metro, la oficina, la lotería semanal que nunca toca— con la aventura caribeña de mapa y tesoro, y deja el elemento mágico en una zona deliberadamente ambigua: nunca queda claro si la maldición existe o si es solo la explicación más entretenida para una racha de mala suerte. Precedida de una introducción en la que la autora recuerda su origen, una cadena de correos escritos para amigos en la era de los mensajes de pago y titulada «Porque nunca me pasa nada y me lo tengo que inventar», la historia conserva ese aire de relato por entregas: capítulos breves, ganchos al final y la sensación de que alguien te está contando esto en confianza.
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