Una novela que alterna el pulso de lo invisible con la crudeza de los primeros días de universidad. Un hombre aprende a silenciar las sombras que lo visitan cada noche y paga por ello un precio que no había calculado; años después, en un…
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Una novela que alterna el pulso de lo invisible con la crudeza de los primeros días de universidad. Un hombre aprende a silenciar las sombras que lo visitan cada noche y paga por ello un precio que no había calculado; años después, en un aula de Periodismo, una joven llamada Nerea intenta descifrar a quién puede entregarle su confianza. Dos historias separadas por el tiempo y unidas por la misma pregunta: qué se pierde cuando decidimos no escuchar.
Todo empieza en una habitación a oscuras. Desde niño, el protagonista del prólogo distingue presencias que se acercan a su almohada: bultos que respiran junto a él bajo las sábanas, voces que le dejan caer palabras sueltas —oscuridad, dolor, pérdida, muerte—. De día no existen; de noche son lo único cierto. Algunas piden auxilio, otras vienen a torturarle, y el cansancio se le va instalando en el rostro como una marca.
La muerte de su abuelo lo cambia todo. Ese hombre había sido su calma desde la cuna, el único capaz de aplacar un llanto que nadie sabía explicar, y su ausencia deja al nieto atrapado entre la culpa —una llamada que tardó en contestar, un ingreso hospitalario del que se enteró tarde— y una presencia que se niega a marcharse: unos pasos reconocibles en el pasillo, horas después del entierro, que al abrir la puerta no conducen a nadie. Incapaz de sostener lo que ve y oye, elige un método de resistencia pasiva: repetirse cada noche que nada de aquello existe hasta convencerse. Funciona. Las sombras se disipan, la angustia cede y, con ellas, se apaga también aquello que le hacía distinto. La luz no desaparece: queda enterrada, esperando a que alguien vuelva a encenderla.
De esa penumbra el relato salta a un aula luminosa y ruidosa. Es septiembre, empieza el Grado en Periodismo y Nerea entra en clase sabiendo que no conoce a nadie. Ha llegado por los últimos llamamientos, tras repetir segundo de Bachillerato, y se sienta al fondo con el móvil como escudo mientras el resto se reconoce entre amigos del colegio y del instituto. A su alrededor van tomando forma los personajes de los próximos cuatro años: la desenvuelta Cornelia, cuyo acento y facilidad social le irritan sin que sepa aún por qué; Ana y Ernesto, llegados de Cartagena; Lidia y Penélope, con las que el tabaco hace de introducción; Leonor y Javier, amigos desde siempre; y, en la última fila, dos figuras idénticas que se sientan aparte de todos.
Entre presentaciones de asignaturas, novatadas de veteranos, grupos de WhatsApp desbordados y cervezas en la cantina, la novela observa con precisión el ritual de fabricar amistades desde cero. Nerea participa a medias: analiza, mide, calcula quién actúa y quién no. Porque su verdadero conflicto no es académico sino íntimo. La confianza, ese material frágil que ella siempre entregó por adelantado y le devolvieron roto demasiadas veces, se ha convertido en una puerta que ha decidido cerrar. El regreso a casa en tranvía, el piso alquilado junto al hospital, el casero anciano al que cuida su vecina, la llegada de una compañera de piso deshecha en lágrimas por no conocer a nadie en su facultad: cada escena vuelve a poner a prueba esa decisión y demuestra que Nerea se desvive por los demás mucho antes que por sí misma.
El epígrafe del Génesis sobre dos pueblos enfrentados desde el mismo vientre, y el mayor sirviendo al menor, se proyecta sobre ambas líneas narrativas como un anuncio. Nada de lo que parece estable —una amistad recién nacida, una intuición negada, una vida ordinaria— lo es del todo. La autora construye un relato de iniciación con un doble fondo sobrenatural, donde lo cotidiano y lo inexplicable comparten la misma casa y la elección de mirar hacia otro lado tiene consecuencias. Una historia sobre la lealtad, la culpa, el peso de los vínculos heredados y el don que alguien enterró para poder dormir.