Tras el entierro de su hermana Martina, Mario abre un archivo llamado «A solas» en el ordenador de ella y descubre una correspondencia que ignoraba: las cartas que intercambió con Serena, una amiga del instituto reencontrada por azar y…
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Tras el entierro de su hermana Martina, Mario abre un archivo llamado «A solas» en el ordenador de ella y descubre una correspondencia que ignoraba: las cartas que intercambió con Serena, una amiga del instituto reencontrada por azar y ahora voluntaria en el sur de la India. Entre una separación, un despido y un viaje interior, esas páginas se vuelven el único mapa posible para entender una muerte que él se niega a aceptar.
Un funeral abre la novela y, con él, una pregunta que no admite consuelo: Mario acaba de enterrar a su hermana Martina y no consigue llorar. Lo que siente es rabia, y la certeza terca de que la versión oficial —un suicidio sin nota, sin llamada, sin despedida— no puede ser cierta. Al día siguiente vuelve a la casa vacía, se sienta ante el escritorio desordenado de ella y empieza a leer todo lo que encuentra. Un archivo titulado «A solas» lo detiene: son cartas, y en ellas aparece una Martina que él no conocía.
La correspondencia nace de un encuentro casual en la calle y reúne a dos amigas del instituto después de años de silencio. Martina, periodista en Barcelona, escribe desde el derrumbe simultáneo de su matrimonio y de su empleo: diez años de pareja y una redacción que se traslada a Madrid se desvanecen el mismo día, con un hijo de cinco años, Bruno, en el centro de cada decisión. Serena responde desde Anantapur, un pueblo del sur de la India, adonde ha viajado sola —con el aliento de su marido, dejando atrás dos hijos, una consulta de psicología y una vida acomodada— para buscar algo que ni ella sabe nombrar.
De ese ida y vuelta surge el núcleo del libro. Martina inventaría sus miedos con una franqueza incómoda: la culpa hacia su hijo, el pánico económico de la ruptura, el pulso legal con Carlos, la sospecha de repetir el divorcio que ella misma vivió de niña y un malestar antiguo que no encuentra causa aunque su vida parezca, desde fuera, perfecta. Serena contesta a la vez como amiga y como terapeuta: le exige que se defienda, que no firme nada, que mire el miedo de frente; y confiesa también su propia fragilidad, la nostalgia de los suyos y un terror a la muerte que arrastra desde la infancia. Sus cartas traen el ruido, el olor y la miseria de Bombay, los poblados de los Intocables y la lección de una alegría que no depende de nada.
Mientras Mario avanza en la lectura, la investigación policial suma un hombre sin identificar en las últimas fotos de su hermana, y cada carta descifrada le devuelve una intimidad que ella nunca compartió con él. La novela alterna así dos tiempos —el duelo que busca pruebas y la amistad que se reconstruye a distancia— para hablar de maternidad, separación, trabajo, autoestima y de todo aquello que solo se dice a solas.