Novela policíaca ambientada en el Londres de posguerra, donde una organización criminal dirigida por un jefe anónimo al que solo se conoce como Big Boy encadena atracos limpios y violentos —una sucursal bancaria vaciada durante el fin de…
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Novela policíaca ambientada en el Londres de posguerra, donde una organización criminal dirigida por un jefe anónimo al que solo se conoce como Big Boy encadena atracos limpios y violentos —una sucursal bancaria vaciada durante el fin de semana, una nómina arrancada entre humo y máscaras antigás, una furgoneta de correos emboscada en un semáforo— sin dejar más rastro que el botín ausente. Frente a ella, Scotland Yard despliega la Patrulla Fantasma, una unidad discreta de agentes infiltrados que trabajan sin cuadernos de notas y transmiten sus informes en clave. Cuando uno de esos hombres es descubierto en el almacén de Charing Cross Road que sirve de tapadera a la banda, la investigación queda en manos de quien menos esperaba el Departamento: su propia hermana.
El relato arranca dentro de la trampa. Un joven empaquetador conocido como «Geoff» sabe que sus compañeros de trabajo lo vigilan, que han averiguado quién es en realidad y que no piensan concederle margen. Cada gesto suyo —salir al vestíbulo, encender la pipa sobre un montón de albaranes falsos— está calculado para ganar los minutos que necesita, porque lleva encima una información que su departamento espera desde hace semanas y que hasta ahora nadie había logrado reunir: no solo desde dónde opera la banda, sino dónde se planean sus golpes.
Esa banda es la de Big Boy, un nombre sin rostro que la policía repite con una mezcla de rabia y resignación. La novela intercala, en breves escenas retrospectivas, tres de sus asaltos recientes: el robo nocturno de un sótano doblemente cerrado en una sucursal de las afueras, el asalto a los empleados de una fábrica de plásticos bajo una cortina de humo negro, y el bloqueo de un coche de correos entre un camión con remolque y una camioneta de lavandería. Todos comparten el mismo patrón —planificación minuciosa, violencia breve, desaparición total— y todos amenazan con engrosar el archivo de casos sin resolver de Scotland Yard.
El agente infiltrado no llega a hacer su llamada. Su muerte, disfrazada de atropello en la Kensington High Street, pone en marcha la segunda mitad del arranque: el inspector Ted Willoughby, jefe de la Patrulla Fantasma, recorre el depósito y la pensión del muerto hasta encontrar, en el tacón hueco de un zapato, el informe cifrado que su hombre no pudo entregar. El mensaje apunta a un local de Soho como posible cuartel general, pero deja sin respuesta la única pregunta que importa: quién es Big Boy.
A esa oficina llega entonces Linda Marden, hermana del agente asesinado, huérfana como él desde la guerra y decidida a no limitarse al duelo. Su petición —ocupar el puesto de su hermano y continuar exactamente su misma misión— rompe la costumbre de un departamento acostumbrado a reclutar hombres del propio Cuerpo, y obliga a Willoughby a una gestión incómoda con el Superintendente. Rebautizada Mona Chandos y con el número B.7, Linda recibe un entrenamiento acelerado y un vestuario diseñado para convertirla en algo que detesta: una figura llamativa y equívoca capaz de circular sin sospechas por los bajos fondos.
El tramo final del arranque la sigue hasta una pensión de mala muerte en Bayswater y, desde allí, hasta el club de Soho señalado en el informe póstumo. Allí, entre bebidas de nombres estrafalarios, clientes pesados y un gerente de modales impecables que quizá sea mucho más que un gerente, comienza el verdadero trabajo. La novela combina el procedimiento policial —informes, códigos, jerarquías, laboratorios— con el suspense de la identidad prestada, y sostiene su tensión sobre una idea sencilla y persistente: en este oficio, cuando algo resulta demasiado fácil, casi siempre significa que ya te están esperando.
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