Bolonia, 1700. En el anfiteatro donde el anatomista Valsalva enseña a diseccionar cadáveres, un estudiante llamado Giovanni Baptista Morgagni intuye que la enfermedad deja huellas legibles en los órganos.
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Bolonia, 1700. En el anfiteatro donde el anatomista Valsalva enseña a diseccionar cadáveres, un estudiante llamado Giovanni Baptista Morgagni intuye que la enfermedad deja huellas legibles en los órganos. La novela sigue su camino desde las aulas y los mercados de la ciudad hasta la obra que fundaría la anatomía patológica, y le añade un enigma: el cuaderno secreto que aparece entre sus pertenencias tras su última lección.
La acción arranca en una Bolonia bulliciosa de principios del siglo XVIII, con sus mercados desbordados, sus animales sueltos y su alcantarillado insuficiente, y se traslada enseguida al Coliseum: el viejo anfiteatro anexo a la Universidad donde las disecciones convocan a los estudiantes de Medicina como un rito. Allí, bajo la tutela del célebre Valsalva, el joven Morgagni aprende a leer el cuerpo humano. Una lesión costrosa en un estómago, una masa blanquecina que obstruye un bronquio: cada hallazgo alimenta la misma intuición obstinada, la de que los síntomas del enfermo y las lesiones del cadáver son dos caras de un mismo relato.
Alrededor de esa idea se organiza el libro. Están las tardes a puerta cerrada en el foso, donde el alumno afina el bisturí y marca con un aspa el lóbulo hepático para reconocer sus propias piezas entre las muchas que pueblan el almacén. Está la Academia inquietorum, la tertulia de los jueves en la que un grupo de mentes jóvenes discute, entre cervezas, los dogmas heredados de la antigüedad. Está Pipino, el criado cojo rescatado de los bajos fondos, que conoce la miseria de la ciudad como nadie y provee de cuerpos al maestro en transacciones nocturnas mal vistas por la sociedad de su tiempo. Y están los años de madurez —Pisa, Padua, la vista dañada por tantas horas de microscopio, la cátedra, el prestigio— hasta la obra de 1761 en la que Morgagni ordena por escrito toda una vida de observación.
La muerte del anciano maestro, en mitad de su última lección, no cierra el relato: lo abre. Sus palabras finales, tres nombres sueltos que suenan a acertijo, conducen a Paolo, el alumno más próximo, hasta un pequeño volumen cosido a mano que su autor nunca quiso publicar. Es un testamento oculto donde la anatomía se mezcla con los miedos, los errores y las incursiones al inframundo de quien lo escribió, narrado como un diálogo con Pipino, a la manera en que Dante se hacía acompañar por un guía.
Torres Gómez escribe con una prosa densa y sensorial, atenta al olor del alcohol impregnado en los muebles y a la textura de los tejidos, y emplea la reconstrucción histórica para sostener la pregunta que plantea desde las primeras páginas: por qué la muerte, oficio silencioso y anónimo del patólogo, sigue ejerciendo sobre nosotros una seducción tan difícil de nombrar.
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