En un París helado de enero, el atraco a un vagabundo en el Pont Neuf termina en muerte y aterriza, por puro exceso de celo de un teniente novato, en la mesa de la comisaria Viviane Lancier.
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En un París helado de enero, el atraco a un vagabundo en el Pont Neuf termina en muerte y aterriza, por puro exceso de celo de un teniente novato, en la mesa de la comisaria Viviane Lancier. Lo que parecía un incidente menor se enreda cuando el cadáver resulta ser un antiguo profesor de letras con el rostro exacto de Víctor Hugo, y en su bolsa aparece un sobre cerrado dirigido al Príncipe de los Poetas, en la Academia Francesa.
Lunes, 21 de enero. Con la puerta del despacho cerrada, la comisaria Viviane Lancier esconde bajo un periódico los restos de una comida de régimen y llama al último fichaje de su equipo, el teniente Augustin Monot: rubio, licenciado en letras, incapaz de tomar una declaración sin reescribirla en buena prosa. El acta que ha mecanografiado cuenta el forcejeo de un joven encapuchado con un anciano ebrio en el Pont Neuf, un tirón que acabó con la cabeza del hombre contra el pie de una farola. El anciano murió en el hospital; nadie lo reclama.
Sobre el papel, el caso es una noticia mínima, la clase de violencia que la ciudad archiva sin mirar. Pero hay un detalle que no encaja: ¿por qué robar la bolsa de un mendigo en mitad de un puente, teniendo a mano bolsos de lujo y carteras de turistas? En la morgue, Lancier abre esa bolsa y encuentra ropa interior sorprendentemente limpia, útiles de aseo, unos pocos euros y un volumen de Los castigos, cuyo retrato de portada es el calco exacto del muerto.
La identidad llega despacio: Pascal Mesneux, cincuenta y dos años, antiguo profesor de francés en un instituto de formación profesional que quiso enseñar poesía a alumnos que se reían de él, se dejó la barba, empezó a beber y desapareció una mañana sin despedirse de su mujer ni de sus hijos. Su viuda lo cuenta sin ternura, casi con alivio. La reconstrucción de sus últimas horas dibuja otra vida: un desayuno diario en un McDonald’s de los Campos Elíseos, donde se lavaba, se cepillaba los dientes y leía versos en voz alta a quien se sentara al lado.
Y luego está el sobre. Cerrado, gris, casi vacío, escondido entre las páginas del libro, con un remite en letra de palo y un destinatario imposible: Príncipe de los Poetas, Academia Francesa, Quai Conti. A la atención de Víctor Hugo.
Novela policíaca de tono seco y humor helado, construida sobre el contraste entre una comisaria que desprecia la literatura y un adjunto que solo sabe mirar el mundo a través de ella, la investigación avanza por la orilla del Sena preguntándose qué escondía un hombre al que todos habían dejado de ver.
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