Cuatro mercenarios de Rédakon cobran una deuda a tiros en una taberna del barrio viejo y, tras una huida imposible, despiertan desnudos y maniatados ante el Primer Ministro, que les ofrece un trato que no pueden rechazar.
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Cuatro mercenarios de Rédakon cobran una deuda a tiros en una taberna del barrio viejo y, tras una huida imposible, despiertan desnudos y maniatados ante el Primer Ministro, que les ofrece un trato que no pueden rechazar.
En una ciudad donde la niebla y el hedor son parte del paisaje, el barrio viejo funciona como un organismo propio: callejuelas que serpentean sin lógica, adoquines gastados, edificios en ruinas y una miseria tan cotidiana que ya nadie la mira. Por esas arterias caminan Gríam y Gaol, dos vividores de Rédakon más interesados en la conversación, el alcohol y la compañía pagada que en el ambiente sombrío que los rodea. No saben que antes del anochecer su vida habrá cambiado de rumbo.
La cita es en el Sueño Negro, una taberna de neón esmeralda y paredes cubiertas de musgo donde se reúnen ladrones, mercenarios y maleantes de escaso porvenir. Allí espera Rogers, embotado por la bebida y otras sustancias, con una idea fija flotando entre sus divagaciones: alguien le debe dinero. Ese alguien es Grudow, sentado como siempre junto a la puerta de los aseos, rodeado de tres mutantes armados. El cobro se resuelve como se resuelven estas cosas en el barrio viejo —con un chasquido de dedos, tres disparos certeros desde una ventana y un jersey recién comprado arruinado para siempre—, y desde ese instante la jornada se convierte en una fuga continua.
Lo que sigue desborda cualquier proporción razonable. Los soldados del Estado Falan irrumpen en masa, convierten el local en un campo de batalla y obligan a los cuatro amigos —Rogers, Gaol, Gríam y el impredecible piloto Rótal— a improvisar una salida con una mesa por escudo, una carga explosiva limpia y un coche oxidado al que llaman cariñosamente El Bilioso. La persecución por las callejuelas es tan absurda como violenta, y cuando por fin creen haber despistado a sus perseguidores, la pregunta que ninguno logra apartar empieza a pesar más que las balas: ¿por qué tantos soldados por un simple tiroteo de barrio, si hace tiempo que ellos no representan una amenaza para nadie?
La respuesta llega por partes. Primero en La Luna Creciente, el bar de Ray —antiguo mercenario desfigurado por una mina zyloon—, donde la advertencia es clara: dos compañías completas han entrado en el barrio viejo y han ido directas a su guarida. Después, tras un asalto con gas y un despertar en la oscuridad, desnudos y maniatados sobre sillas de acero, frente a Férakor, Primer Ministro de Rédakon y miembro de la comitiva falan. El hombre de poder les plantea una elección que no lo es: asentir y acceder a una ducha, ropa limpia, una cena suculenta y una conversación sobre cierto trabajo; o negarse y recibir una muerte rápida. Los eligieron precisamente porque no son estúpidos, dice. Pero lo que más inquieta a los cuatro no es la amenaza, sino el detalle: el régimen conoce su bebida favorita, su grupo de música, sus vicios y sus costumbres. Alguien los ha estudiado a fondo, y el trato que se les ofrece es apenas la primera pieza de algo mucho mayor.
Esta es una narración de acción sucia y humor negro, construida sobre diálogos ásperos, descripciones densas de un mundo degradado y una banda de antihéroes que responde a la catástrofe con peleas amistosas, ventosidades oportunas y una lealtad que ni ellos mismos reconocerían como tal. El registro alterna la crudeza del tiroteo con la comedia costumbrista de cuatro tipos que discuten mientras el mundo se les cae encima, y deja abierta la promesa de una misión cuyo alcance todavía se les escapa.