Getaria se prepara para conmemorar los quinientos años de la vuelta al mundo de Elcano, y el pueblo entero vibra con las fiestas, el Desembarco y la llegada de un actor de Hollywood.
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Getaria se prepara para conmemorar los quinientos años de la vuelta al mundo de Elcano, y el pueblo entero vibra con las fiestas, el Desembarco y la llegada de un actor de Hollywood. A las cinco en punto de la tarde, un mensajero entrega en el ayuntamiento un sobre con tres líneas escritas en inglés: una amenaza de muerte con fecha de caducidad. Aitor Letamendia, detective privado, contratado para vigilar un documento histórico, se ve arrastrado a una cuenta atrás de 72 horas.
Aitor Letamendia tiene cuarenta años, un despacho de investigador privado en San Sebastián y una biografía hecha de huidas: nacido en los Países Bajos, hijo de una mujer que dejó Euskal Herria muy joven, expolicía en Ámsterdam, superviviente del asesinato de su compañero y mejor amigo. Cuando su amiga Idoia Urdaneta, enfermera y concejala, lo llama para un encargo menor, acepta casi como unas vacaciones: custodiar discretamente el diario manuscrito de Juan Sebastián Elcano —hallado en un palacio sevillano, subastado en Londres, comprado por un magnate escocés y cedido excepcionalmente para la ocasión— durante los actos del quinto centenario.
El plan se rompe esa misma tarde. Un mensajero entrega a la alcaldesa Maite Albisu un sobre con instrucciones de puntualidad milimétrica, y dentro hay una sola frase: dentro de 72 horas matará a Robert Coffey, la estrella estadounidense que protagoniza la película sobre la primera circunnavegación y que asistirá al Desembarco ante cientos de cámaras. La Ertzaintza asume el caso —el oficial Belaustegi, metódico y áspero, y la suboficial Rodríguez, dotada del instinto que a él le falta— y tolera a regañadientes la presencia del detective. Mientras tanto, un hombre sin nombre compra un rifle usado en una terraza de Plentzia, viaja en transporte público, cambia de ropa en un baño de estación y llega a Getaria sin dejar rastro.
La novela avanza sobre un cronómetro: cada capítulo recorta las horas que faltan mientras el pueblo se llena de blusas, charangas, cabezudos y turistas, y la investigación tira de hilos frágiles —un mensajero senegalés atrapado entre la miseria y la policía, cámaras de vigilancia, una empresa de transportes contratada por teléfono—. El resultado es un thriller de escenario cerrado que alterna la mirada del cazador y la del investigador, y que usa la historia real de Elcano no como decorado sino como motor: la efeméride que atrae a la víctima es la misma que da al asesino su día, su hora y su multitud.