En mayo de 1993, cinco jóvenes cubanos terminan de ensamblar en secreto una balsa de madera y neumáticos a una cuadra del mar, con la policía rondando la puerta.
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En mayo de 1993, cinco jóvenes cubanos terminan de ensamblar en secreto una balsa de madera y neumáticos a una cuadra del mar, con la policía rondando la puerta. Tras casi dos años de preparación clandestina, se lanzan al Estrecho de la Florida en una travesía de la que solo uno de cada cuatro regresa con vida. 65 Horas con la Muerte es el relato testimonial de esa fuga: un libro sobre el hambre, el miedo y la obstinación de quienes deciden no esperar a que las cosas cambien solas.
La escena inicial ocurre una noche de mayo de 1993 en la playa de Boca Ciega, al este de La Habana. En una casa alquilada de paredes descascaradas, cinco jóvenes atan el último neumático a una estructura de madera de quince pies mientras, en el portal, un grupo de familiares y vecinos finge una fiesta con radio y bebidas improvisadas para vigilar la calle. La embarcación se llama Esperanza y es el resultado de casi dos años de trabajo clandestino: piezas trasladadas por separado, estudio teórico de navegación a vela, brújula, salvavidas, uniformes militares viejos y un tanque de agua con azúcar prieta como principal alimento. Todo el plan depende de que nadie mire demasiado. Esa misma noche, un policía se detiene frente a la casa; después, una patrulla armada se acerca a pedir fuego para un cigarro.
Desde ese punto de máxima tensión, el relato retrocede al verano de 1991 para explicar cómo se llegó hasta allí. El derrumbe económico de la isla ha convertido la vida cotidiana en una operación de supervivencia: colas que no terminan, guaguas que pasan de largo, registros policiales rutinarios en plena vía pública, consignas pintadas en la única fachada cuidada de la avenida. Es Carlos, el mayor de los hermanos, quien primero se atreve a decir en voz alta lo impensable, y quien empieza a serruchar tablas en el patio de su casa de El Calvario ante el pánico de su madre. A su alrededor se va formando un grupo: Roberto, el hermano menor al que sus amigos llaman el filósofo por su afán de tener siempre una respuesta; Gerardo, expulsado de la escuela a los catorce años e interrogado por la policía porque su familia quiso emigrar; Raúl, que sirvió banquetes oficiales mientras el país pasaba hambre; y Jesús, el más joven y el más fuerte de todos.
El libro construye con paciencia el retrato de esa preparación silenciosa y de la red que la sostiene: la madre viuda que crió sola a tres hijos y que amenaza con quemar la balsa, la tía que improvisa coartadas, la hermana y los primos que salen a hacer guardia, los amigos que esconden un tanque entre los arbustos. Cada detalle técnico —el mechero de saco de arroz en la botella de petróleo pensada para ahuyentar tiburones, la maniobra calculada para sacar cuatrocientas libras por una puerta demasiado estrecha, un error de imprenta en el almanaque que arruina la noche sin luna— tiene el peso concreto de lo que puede costar una vida.
Lo que sigue es la travesía misma, medida en horas: la partida, la marejada, las noches agitadas, el regreso a la vida. Ese cronómetro da título al libro y organiza su segunda mitad, donde la resistencia física y la voluntad de los cinco tripulantes se ponen a prueba sin tregua. El autor, Roberto Morales, escribe desde dentro de la historia y no la presenta como ficción, sino como testimonio, con dedicatorias y agradecimientos que nombran a quienes ayudaron en la fuga y a quienes intentaron algo parecido y no lo consiguieron.
Más allá de la aventura y el suspenso, el volumen funciona como una reflexión sobre la perseverancia: la idea, sostenida a lo largo de sus ocho capítulos y una posdata, de que esperar a que las cosas ocurran es la forma más segura de que no ocurran nunca. Es un relato de fuga, pero también un documento sobre una época, una familia y el precio exacto de un sueño.
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