En Requejado, un pueblo perdido en la cuenca minera asturiana, el párroco don Paco escribe sus memorias para dejar constancia de lo que allí ocurrió: un noviazgo contrariado en 1935, un secreto que dos familias se llevan a la tumba y una…
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En Requejado, un pueblo perdido en la cuenca minera asturiana, el párroco don Paco escribe sus memorias para dejar constancia de lo que allí ocurrió: un noviazgo contrariado en 1935, un secreto que dos familias se llevan a la tumba y una guerra que termina de romper lo poco que quedaba en pie. Con voz de púlpito y de rumor de aldea, la novela reconstruye la lenta ruina de Gloria Juárez y de su suegra, María Dolores, hasta hacerlas coincidir en una fecha que el pueblo ya no puede dejar atrás.
Todo lo que se cuenta en «6 de noviembre» pasa por la voz de don Paco, cura de Requejado, que se presenta desde la primera página como testigo y como parte: escribe, dice, para constancia de futuras generaciones, y advierte de entrada que no todo lo que va a narrar lo vio con sus ojos. Algunas cosas las vivió; otras las oyó en la calle, en el confesionario, en los corrillos de después de misa. Esa advertencia —anécdota, impresión y conjetura mezcladas— es la clave de lectura de la novela: el relato avanza sabiendo que puede estar equivocado, y en más de una ocasión se corrige a sí mismo.
La historia arranca en el verano de 1935, con Gloria Juárez, costurera de diecisiete años que se ve a escondidas con el hijo de una familia acomodada de Turón. El padre de ella desconfía por razones políticas; los padres de él, por razones de clase. Cuando por fin se sientan a hablar, la respuesta es un portazo. Los jóvenes siguen viéndose de noche, ella acaba entrando en aquella casa y sale de ella con un secreto al oído que lo cambia todo. Se casan en septiembre y huyen a Requejado, donde nace su hija María en abril de 1936, meses antes de que empiece la guerra.
El segundo hilo es el de María Dolores, la suegra: una mujer atrapada durante años en un matrimonio de silencios y malos modos con Anselmo, hombre de carácter difícil y de dos caras, que muere de repente y le deja deudas y una casa demasiado grande. La viudez la libera y la desarma a la vez. Sola en Turón, empieza a oír ruidos, a ver figuras en la oscuridad, a dormir rodeada de velas; el pueblo habla, y el rumor llega hasta Requejado. Una noche de insomnio abre por fin los cuadernos que su marido escribía y que ella tenía prohibido leer, y lo que encuentra allí convierte el duelo en rencor y el rencor en algo peor. A partir de ese momento, la abuela mira a su nieta y a su nuera con otros ojos.
La novela cruza esa desgracia doméstica con la otra, la colectiva. Los Juárez se saben vigilados: circulan rumores de un chivato en el pueblo y de una carta enviada a grupos falangistas señalando a vecinos de ideas republicanas. Benigno, el hermano que se marchó al alzamiento, vuelve a aparecer en el relato el 6 de noviembre de 1937, el día en que Requejado deja de ser un lugar en el que se puede vivir tranquilo y el sol, según don Paco, se esconde para siempre. La segunda parte se abre exactamente dos años después, en la alborada del 6 de noviembre de 1939, con un carruaje sin cochero que sube entre la niebla hacia el pueblo llevando a una dama que no recuerda haber subido a él.
Escrita en un registro oral, muy pegado al habla asturiana de posguerra —diálogos secos, refranes, cartas, cuadernos, sueños transcritos—, la obra se mueve entre la crónica rural y el relato de fantasmas sin decidirse del todo por ninguno de los dos, porque su narrador tampoco puede. Los remordimientos, la culpa, la envidia de clase y el miedo político funcionan aquí como aparecidos: se meten en las casas, cambian de forma y no se marchan. El libro, dedicado por el autor a su madre, insiste en una idea que don Paco repite como quien reza: que a estas gentes no las destruyó nadie en concreto, sino las circunstancias y ese destino que, dice, guía al hombre como el faro orienta al barco.