Un recorrido humorístico por los clichés que el cine y la televisión han repetido tantas veces que ya los damos por ciertos. A través de cientos de observaciones breves, el libro desmonta con ironía las convenciones del thriller, el…
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Un recorrido humorístico por los clichés que el cine y la televisión han repetido tantas veces que ya los damos por ciertos. A través de cientos de observaciones breves, el libro desmonta con ironía las convenciones del thriller, el western, el drama judicial, las comedias adolescentes y el cine de acción, contrastando lo que ocurre en pantalla con lo que pasaría en la vida real.
Hay gestos que hemos visto tantas veces en una pantalla que ya no los cuestionamos: el coche que cae por un barranco y explota sin motivo, el asesino que se detiene a explicar sus traumas justo cuando podría rematar al protagonista, el aplauso lento del villano surgiendo de las sombras, la viuda de luto impecable en un funeral con coches negros. Este libro los recoge, los ordena y los somete a un examen que no busca rigor cinematográfico sino carcajada.
El planteamiento es sencillo y se sostiene por acumulación. Cada entrada describe un tópico reconocible —el conducto de aire acondicionado del tamaño de una autopista, la base de datos policial que identifica huellas en segundos, la claraboya destinada a romperse, el vaquero que sacrifica su caballo y pronuncia la frase de rigor— y lo remata con un comentario que traslada la escena a un terreno cotidiano y doméstico. Ese contraste es el motor del humor: la comparación constante entre la lógica impecable de Hollywood y la realidad más prosaica, donde nadie se ofrece voluntario para una misión suicida, los ordenadores se cuelgan y las bolsas de la compra llevan asas.
El material abarca prácticamente todos los géneros. El policiaco aporta la furgoneta de vigilancia, la pareja de agentes que se detestan antes de volverse inseparables y el corcho lleno de fotos unidas por cordeles de colores. El cine bélico contribuye con la mina pisada, la granada abrazada por el soldado y las salvas sobre el ataúd cubierto por la bandera. El western trae los duelos al mediodía, el rastreador que interpreta excrementos de caballo y el tabaco escupido sin descanso. También hay espacio para el terror, las películas de instituto, los dramas de sobremesa, las comedias románticas, el cine de artes marciales y esa ciencia de laboratorio donde un microscopio de juguete permite ver átomos y cualquier antídoto se fabrica de la noche a la mañana.
Más allá del inventario, aparece una lectura recurrente sobre cuánto de esa gramática audiovisual se nos ha quedado adherida. Costumbres importadas —el puesto de limonada, las galletas vendidas puerta a puerta, la cesta de bienvenida al vecino nuevo, la botella escondida en una bolsa de papel— se comentan desde una mirada española que las encuentra tan exóticas como familiares de tanto verlas. La voz narradora es coloquial, directa y desinhibida, con predilección por el chiste rápido, la exageración y el registro de barra de bar.
El resultado es un volumen pensado para leerse a saltos, sin orden obligatorio, en el que cada página funciona por sí misma. Un catálogo de la memoria colectiva del espectador que, además de arrancar sonrisas, deja la sensación de haber estado viendo siempre la misma película con distintos títulos.
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