Cincuenta retratos —escritos e ilustrados— de chefs contemporáneos, firmados por un artista afincado en Londres que se declara hijo de madre mexicana y padre castellano.
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Cincuenta retratos —escritos e ilustrados— de chefs contemporáneos, firmados por un artista afincado en Londres que se declara hijo de madre mexicana y padre castellano. No hay recetas: hay semblanzas, contexto histórico, digresiones sobre barrios, guerras, prejuicios y familia, y una canción asignada a cada protagonista. Un libro de cocina alternativo, pop e irónico, que usa la alta gastronomía como excusa para hablar de identidad, memoria y de quién decide a quién iluminan los focos.
La premisa parece un catálogo y acaba siendo un autorretrato oblicuo. Cincuenta figuras de la cocina actual —de Albert Adrià a Ana Roš, de Bittor Arginzoniz a Bo Songvisava, de Carme Ruscalleda a Clare Smyth— reciben aquí una ficha mínima (dónde, qué) y, sobre todo, un «¿por qué?» que es el verdadero corazón del libro: un texto libre donde el autor explica no tanto la técnica del chef como lo que esa persona significa dentro de una historia más amplia.
Ese desvío es deliberado. L’Hospitalet se lee junto a Brixton como dos crisoles migratorios que produjeron creadores improbables. La independencia eslovena y la guerra de los diez días explican una cocina hecha solo con producto local. La gentrificación de Williamsburg y Shoreditch sirve para distinguir al punk auténtico del que compra la pose. El desarrollismo tailandés enmarca la resistencia de una cocinera empeñada en rescatar una memoria culinaria. La gastronomía funciona como puerta de entrada: lo que se discute detrás es clase social, desplazamiento, herencia y el modo en que los territorios marcan a quienes cocinan.
El narrador se expone tanto como sus retratados. Confiesa prejuicios y los desmonta en público —los talent shows, los focos, lo mainstream—, admite que el título es un anzuelo y que para comer bien no hace falta conocer a nadie de esta lista, y sostiene una incomodidad recurrente: que la fama alumbre a un puñado de chefs mientras deja a oscuras a millones de cocineras. De ahí la presencia insistente de mujeres que rechazan premios segregados, dirigen cocinas de tres estrellas o señalan dónde está de verdad el machismo del oficio.
Atraviesan el texto el psicoanálisis, Proust, Dalí, la mitología marina, el cine y una banda sonora explícita: cada capítulo cierra con una canción, y el conjunto forma una lista reproducible. México aparece como obsesión y límite —un universo al que, admite el autor, solo se entra por la infancia o la ficción—, y el prólogo periodístico enmarca el resultado con precisión: ilustraciones voraces y pensamiento pop para un mundo gastronómico tecnoemocional. Un libro con corazón, escrito por alguien convencido de que los prejuicios se vencen por el paladar.
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