En un edificio modernista cercano a la Sagrada Família, el cartero reparte una mañana de septiembre una carta idéntica para todos los buzones del número 44 de la calle Armonía.
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En un edificio modernista cercano a la Sagrada Família, el cartero reparte una mañana de septiembre una carta idéntica para todos los buzones del número 44 de la calle Armonía. Firmada por el propietario y sembrada de palabras como «tanteo» y «retracto», nadie la entiende del todo, pero todos intuyen que algo se ha puesto en marcha. Semanas después, mientras riega sus geranios, una vecina descubre que las gotas que caen del balcón de arriba no son agua.
El número 44 de la calle Armonía es una finca vieja del Ensanche barcelonés, con un ascensor que rechina, una relojería en los bajos y un bar contiguo donde se desayuna sin prisa. Sus inquilinos forman ese mosaico corriente que cabe en cualquier escalera: una viuda que habla a sus plantas y espía con inocencia los balcones de enfrente; una actriz rusa de adopción que corre cada mañana y espera el papel que lo cambie todo; un hombre acorralado por lo que la policía ha encontrado en sus discos duros y por el armario que su mujer ha vaciado sin despedirse; una señora que anuncia espíritus con la misma naturalidad con que pide una copita de anís; un relojero solitario que sirve a dos amos.
El detonante es administrativo y casi ridículo: una carta igual para cada buzón, redactada en una jerga legal que obliga a buscar palabras en el diccionario. Detrás está el dueño del inmueble, un septuagenario acostumbrado a que nadie le lleve la contraria, que administra fincas heredadas y compradas con paciencia de rentista, y que ha colocado dentro del edificio a alguien dispuesto a informarle de cada reacción a cambio de una promesa. A partir de ahí, la novela avanza por capítulos breves que entran y salen de cada piso, dejando que el lector reconstruya lo que los propios vecinos no ven: quién debe dinero, quién miente a su madre por teléfono, quién sospecha del de al lado, quién tiene algo que perder si el edificio cambia de manos.
El prólogo, sin embargo, ya ha adelantado adónde conduce todo esto. Una noche cualquiera, entre el olor de los claveles y una copla en el transistor, unas gotas espesas caen sobre una mano apoyada en la barandilla. Del piso de arriba asoma un brazo inerte. Y una frase, pensada más que dicha, sugiere que el desenlace no ha sorprendido a nadie del todo.
Con humor seco, oído fino para el habla de escalera y una mirada compasiva incluso hacia sus personajes menos presentables, C. D. Casino construye una intriga de vecindario donde la especulación inmobiliaria, las miserias domésticas y los rencores callados se van trenzando hasta que la convivencia se vuelve imposible. Una novela sobre lo que la gente normal es capaz de hacer cuando le tocan la única cosa que creía segura: su casa.
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