Ana, historiadora recién egresada de veintidós años, viaja al Rosario —un pueblo minero perdido entre cerros verdes, sin señal ni caminos fáciles— para fotografiar una pintura virreinal y terminar su tesis.
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Ana, historiadora recién egresada de veintidós años, viaja al Rosario —un pueblo minero perdido entre cerros verdes, sin señal ni caminos fáciles— para fotografiar una pintura virreinal y terminar su tesis. Lo que encuentra es un sitio detenido en el tiempo, una capilla de piedra, una anciana que borda esperando a un hijo que nunca volvió y una caída que parte el relato en dos. Una novela mexicana sobre la memoria, el arte y las herencias que no se eligen.
«4:36», de Anna de Ulibarri (2019), arranca con una caída. La voz que narra confiesa que lo único que ambicionaba en la vida era titularse como historiadora, y que ese orden perfecto se le vino encima de golpe. Desde ese umbral —un pitido lastimoso en los oídos, un nombre de tres letras gritado a lo lejos— la novela retrocede para contar cómo Ana llegó hasta ahí.
El viaje empieza en San Miguel de Tepehuacan, última parada de la modernidad, y sigue por un camino de terracería hasta el Rosario: un caserío de tres calles fundado en la época novohispana alrededor de una mina de plata que hace siglos se agotó. Quedaron el pueblo, una capilla diminuta y la pintura anónima del siglo XVIII —una Santísima Trinidad antropomorfa con donantes indígenas— que Ana necesita estudiar para su tesis. Sin señal telefónica ni internet, se instala en el cuarto que renta María, una mujer que borda servilletas y vende hierbas mientras espera el regreso de un hijo que se fue al norte hace veinte años.
Ulibarri construye a su narradora con humor y autoconciencia. Ana se sabe rara: le apasiona la paleografía, las monedas de cobre y todo lo que huela a viejo; escucha a Wagner, a Beethoven y a Silvestre Revueltas, y confunde las manos de un taxista parlanchín con las de un director de orquesta. Detrás de esa manía por el pasado está don Andrés Moreno, el abuelo pintor que le enseñó a mirar cuadros y a cantar boleros, y cuya muerte le dejó un agujero que tardó años en cerrar.
El índice anuncia lo que vendrá sin revelarlo: un diario, un incendio, un cura, una niña, un cajón, nombres que todavía no significan nada. La novela avanza en capítulos breves que alternan la crónica de la investigación con la memoria familiar y con materiales de otra época, y deja siempre abierta la sospecha de que el pasado que Ana estudia no está tan quieto como parece. Escrita en Guadalajara, Jalisco, es una historia sobre la vocación, el duelo y los lugares que guardan más de lo que aparentan.