Un estudio universitario sobre la intimidad interpersonal empareja al azar a dos desconocidos incompatibles —una estudiante locuaz y ansiosa por hacer las cosas bien, y un chico sin trabajo que solo ha venido por los cuarenta dólares— y…
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Un estudio universitario sobre la intimidad interpersonal empareja al azar a dos desconocidos incompatibles —una estudiante locuaz y ansiosa por hacer las cosas bien, y un chico sin trabajo que solo ha venido por los cuarenta dólares— y los sienta frente a treinta y seis preguntas que ninguno de los dos esperaba tomarse en serio.
Todo empieza con un formulario azul, una bolsa de plástico con un pez tropical dentro y una estantería de muñecos de acción derribada por accidente. Hildy —nunca Hilda— llega tarde, se disculpa demasiado y habla sin freno hasta que descubre en qué consiste realmente el experimento al que se ha apuntado: un doctorando llamado Jeff investiga si es posible provocar la cercanía entre dos personas, quizá incluso el amor. Ella huye. Y vuelve, porque se ha llevado sin querer una figurita del Príncipe Encantador y porque ha decidido que cuando el universo se toma tantas molestias en mandar una señal, conviene hacerle caso.
El otro participante es Paul Bergin, que entra sin llamar, no lee el formulario de consentimiento y deja claro desde el principio que su interés empieza y termina en la tarifa. En la sala 417 los espera un mazo de fichas con las treinta y seis preguntas de un célebre protocolo psicológico de los años noventa, reformulado aquí para una generación que acumula amistades virtuales por millares y apenas sabe sostener una conversación cara a cara. Las reglas son simples: turnarse, responder con sinceridad, llamarse Bob y Betty. Paul rompe la primera de esas reglas en el minuto uno diciendo su nombre real.
Lo que sigue es una guerra de trincheras conversacional. Ella exige respeto, tono adecuado y ausencia de palabrotas; él responde con sarcasmo, cálculos sobre su estatura y comentarios sobre su bolso caro. Discuten sobre la fama, sobre a quién invitarían a cenar, sobre si ensayar una llamada telefónica es patético, sobre en qué consiste un día perfecto. Y en los intersticios —un dibujo de una mano arrancado de un cuaderno y ofrecido como tregua, una canción heredada de una abuela que se canta sola cuando llega la angustia— se filtra algo que ninguno de los dos había ido a buscar allí.
Mientras tanto, al otro lado del pasillo, Jeff clasifica a sus sujetos con siglas privadas y puntuaciones del uno al diez que sabe que no debería estar poniendo, y apuesta consigo mismo sobre quiénes harán chispas. Su ficha sobre Hildy incluye un tatuaje que ella jamás se haría; su ficha sobre Paul, un desprecio que dice más del observador que del observado. La novela avanza en dos registros que se tensan entre sí: la transcripción desnuda del diálogo, pregunta a pregunta, y la mirada del investigador que cree estar midiendo desde fuera un proceso en el que ya está implicado.
Es una historia sobre la distancia entre lo que declaramos y lo que revelamos, sobre la clase social como frontera invisible en una sala con dos sillas y un café malo, y sobre la incomodidad de ser conocido de verdad por alguien que no tenía ninguna razón para molestarse en hacerlo. La pregunta que sobrevuela cada ficha no es si el método funciona, sino qué queda de dos personas cuando se les retira la posibilidad de mentir cómodamente.
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