Relato «casi» autobiográfico, escrito en tercera persona, sobre el año que un joven estudiante pierde en el Servicio Militar Obligatorio argentino.
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Relato «casi» autobiográfico, escrito en tercera persona, sobre el año que un joven estudiante pierde en el Servicio Militar Obligatorio argentino. Ángel Rodríguez Kauth sigue a Antonio Anadeo Acosta desde el sorteo radial hasta la revisación médica en el cuartel, y de paso retrata el San Luis pueblerino de los años sesenta: pensiones de familias venidas a menos, noviazgos a distancia, fútbol de potrero y primeras convicciones políticas. Humor amargo, lengua desatada y una bronca que no se disimula frente a una institución que durante casi un siglo dispuso de la vida de millones de ciudadanos.
Antonio Anadeo Acosta —triple A de iniciales, una coincidencia que la historia argentina volvería siniestra una década más tarde— nació en marzo de 1941 y recaló a los diecinueve años en San Luis para estudiar Psicología. Flaco, alto, hincha de River y fanático del fútbol hasta el punto de faltar a clase por un picado en el potrero, se gana la vida vendiendo libros por las mañanas, lee historia, filosofía y política por las noches, y se declara comunista por convicción antes que por afiliación. Su vida tiene el ritmo despreocupado de la juventud universitaria de provincia hasta que aparece en el horizonte la obligación que ningún varón de su generación podía esquivar.
El centro del relato es la antesala del cuartel: la ley de 1901 que instituyó la conscripción, el sorteo de la Lotería Nacional seguido con la oreja pegada a la radio, el número que sale y decide un año entero, la cédula de incorporación que llega por correo. Y, sobre todo, la revisación médica, narrada como una escena de comedia negra: la promesa de un capitán médico conocido de la Facultad, la ficha roja que significa la salvación, el oficial superior que irrumpe convencido de que todos están «muy sanitos» y la rehace en azul, y el desenlace grotesco que termina fijando el destino del protagonista. Alrededor, el galpón donde los ciudadanos convocados esperan desnudos contra la pared y donde el autor detiene la mirada, sin complacencia, en los muchachos con discapacidades severas expuestos al escarnio de sus pares y a la indiferencia burocrática de la institución que los citó.
La segunda línea del libro es un retrato costumbrista del San Luis de los años sesenta: una sola calle asfaltada, arenisca que se mete por todos los agujeros, una economía provincial de migajas que obliga hasta a las familias más engoladas a tomar pensionistas. Los hijos de la pretendida aristocracia local se van a estudiar a Córdoba, La Plata o Buenos Aires y dejan novias que no siempre esperan; los estudiantes foráneos llegan, se instalan y desordenan un mapa de noviazgos y apellidos que estalla cada verano en peleas a la salida de los bailes y los «asaltos». Antonio observa todo eso con ojo de aprendiz de las ciencias sociales, y cada episodio le confirma sus ideas de izquierda.
El narrador no busca neutralidad ni la finge. La prosa es oral, digresiva, cargada de lunfardo y de comentarios al margen, y el propio prefacio se adelanta a advertir que no piensa medir el vocabulario para no incomodar a quienes se escandalizan con facilidad. El resultado no es una novela de aventuras militares, sino un ajuste de cuentas: una crónica de la humillación cotidiana, del desarraigo forzado y del tiempo confiscado a millones de jóvenes en nombre de una disciplina y una soberanía en las que el autor no cree.
Los destinatarios, según el propio libro, son dos. Los que pasaron por el cuartel encontrarán aquí un espejo incómodo donde reconocer recuerdos que preferirían no tener. Los que se salvaron —y los jóvenes que nunca conocieron la colimba— podrán leerlo como una comedia, siempre que acepten que detrás de cada carcajada hay una denuncia. Escrito por un doctor en Psicología con una larga obra en psicología social y política, este testimonio narrativo cruza la memoria personal con la lectura crítica de una institución argentina que sobrevivió más de noventa años.
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