Sarah es investigadora universitaria, madre de dos hijos y está a tres días de conseguir la plaza fija que lleva años persiguiendo. También es la última de una larga lista de mujeres que sobreviven a su jefe siguiendo unas reglas no…
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Sarah es investigadora universitaria, madre de dos hijos y está a tres días de conseguir la plaza fija que lleva años persiguiendo. También es la última de una larga lista de mujeres que sobreviven a su jefe siguiendo unas reglas no escritas: nunca a solas con él, nunca en un ascensor, nunca cuando ha bebido. Una noche se rompen todas a la vez. Poco después, un desconocido en deuda con ella le ofrece un trato con tres condiciones y setenta y dos horas para dar un nombre.
La novela se abre con una escena suspendida en el tiempo: una mujer frente a un desconocido peligroso que está en deuda con ella y quiere saldarla de una manera muy concreta. Hay tres condiciones, setenta y dos horas para pronunciar un nombre y ninguna marcha atrás. Después el relato retrocede dos semanas para explicar cómo alguien llega a considerar semejante oferta.
Sarah es doctora en Filología Inglesa y trabaja en un departamento universitario especializado en Christopher Marlowe, uno de los pocos que existen en el país. Su carrera depende por entero del profesor Alan Lovelock: erudito brillante, rostro televisivo, autor de éxito y titular de una beca millonaria que la institución no puede permitirse perder. Esa cifra lo vuelve intocable —en los pasillos lo llaman «el profesor blindado»— y le permite ejercer sobre las mujeres del departamento un acoso metódico hecho de manos que se posan donde no deben, correos humillantes enviados de madrugada y promesas de ascenso que nunca terminan de cumplirse.
Frente a él, las compañeras han levantado un código de supervivencia: no separarse, no compartir taxi ni ascensor, no sonreír demasiado y, sobre todo, evitarlo cuando ha bebido. Sarah lo sigue al pie de la letra porque ha hecho sus cuentas: Recursos Humanos no la protegerá, las que se quejaron antes ya no están, y ella carga con una hipoteca, dos hijos pequeños y un marido que se ha marchado por segunda vez a «encontrarse a sí mismo». Cuando llega la invitación a la fiesta benéfica anual del profesor, quiere leerla como la señal de que por fin la admiten en el círculo.
El libro funciona a la vez como radiografía de un abuso de poder institucional y como thriller moral de tensión creciente. Lo más inquietante no es el depredador, cuya mecánica se reconoce enseguida, sino la aritmética íntima de una mujer razonable que va midiendo el precio de cada opción disponible hasta que alguien le ofrece una que no figuraba en la lista.