Una colección de veinticinco cuentos breves que toman los relatos clásicos de toda la vida y los devuelven girados una vuelta más: el príncipe que se aburre de ser normal, la princesa que cambia el suspiro por las clases de natación, la…
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Una colección de veinticinco cuentos breves que toman los relatos clásicos de toda la vida y los devuelven girados una vuelta más: el príncipe que se aburre de ser normal, la princesa que cambia el suspiro por las clases de natación, la familia de perdices que se muda a las historias tristes para no acabar en la cazuela. Escritos con humor y un pulso de lectura en voz alta, funcionan como puerta de entrada a la tradición popular y también como comentario cariñoso sobre ella.
El punto de partida de este libro es sencillo y muy eficaz: todo el mundo conoce ya el final de Caperucita, del guisante bajo los colchones o del emperador que desfila en calzones. Partiendo de ese conocimiento compartido, la obra reúne veinticinco piezas breves que no reescriben los cuentos clásicos por capricho, sino que los empujan un paso más allá para ver qué aparece cuando se afloja la costumbre.
El resultado es un catálogo de desvíos memorables. Un príncipe de cinco años, con su reino normal, sus clases de esgrima y su idioma de las ranas, pide a su hada madrina una vida de aventuras y recibe algo más útil: un abuelo con mecedora y un montón de libros. Una princesa decidida a ser princesa “de los pies a la corona” descubre, gracias a un sapo poco entusiasta, que aprender a nadar es más entretenido que esperar. Una candidata pequeña y regordeta suspende la prueba del guisante noche tras noche y, mientras tanto, va cocinando una menestra para quienes no tienen ni mantas ni bocadillos. Una familia de perdices busca refugio en los cuentos que acaban mal, porque los que acaban bien terminan siempre con cebollita dorada alrededor. El padre de Pinocho planta las narices que le recorta a su hijo y funda una carpintería donde los muebles crecen a base de mentiras piadosas. Una aprendiza de hada presenta ante la clase el hechizo más ridículo posible —hacer desaparecer todos los botones— y demuestra que el ridículo dura poco. Un reino amenazado por la guerra envía como única arma a un profesor de Lengua con un diccionario, que convierte cañones en cañas y bombas en bombones. En la alacena de palacio, tenedores y cuchillos discuten quién es más importante hasta que una cucharilla diminuta zanja el asunto sin levantar la voz. Y el traje viejo del emperador, abandonado sobre un sillón de terciopelo, encuentra una segunda vida mucho más digna en casa de un zapatero remendón.
Hay un método detrás de la variedad. Cada relato localiza el detalle que el cuento original daba por descontado —la espera, la delicadeza, el final feliz, el desprecio por lo usado— y lo convierte en el motor de la historia. Las morales no se enuncian: se deducen del gag. El humor es verbal y muy español, apoyado en juegos de palabras, frases hechas tomadas al pie de la letra y remates que cierran cada cuento con una sonrisa más que con una lección.
La extensión de las piezas, la claridad de la prosa y el ritmo de las repeticiones apuntan con nitidez a la lectura compartida en voz alta, un cuento por noche, aunque los guiños a lo cotidiano —el ascensor, la consola, las palomitas del cine, el chándal del perchero— funcionan igual de bien para quien lee solo. Las dedicatorias del arranque, dirigidas a los abuelos que contaron historias, no son un adorno: anuncian de qué habla el libro en realidad. Menos de princesas y dragones que de las personas que se sientan a leerlos, y del gusto por desmontar una historia conocida para volver a montarla de otra manera.
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