En 2281, un huérfano de Buenos Aires con talento para el dibujo y una obsesión por el espacio se gradúa como el comandante más joven de su generación y recibe una nave propia, una tripulación multiespecie y una primera misión que lo obliga…
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En 2281, un huérfano de Buenos Aires con talento para el dibujo y una obsesión por el espacio se gradúa como el comandante más joven de su generación y recibe una nave propia, una tripulación multiespecie y una primera misión que lo obliga a decidir dónde caerá un misil nuclear. Novela de ciencia ficción juvenil narrada en primera persona, con tono coloquial rioplatense y una promesa mayor de fondo: quien supere la prueba obtendrá una máquina capaz de crear planetas.
Gabriel Shepard fue dejado de bebé en la puerta del orfanato Esperanza, en Buenos Aires, con una nota que apenas consignaba su nombre. Nadie supo nunca de dónde venía. Diecisiete años después estudia el último año de Viaje Espacial en el colegio de ciencias espaciales más prestigioso de la Tierra, alquila un monoambiente de paredes verdes en Los Bloques del Virrey, dibuja a bolígrafo azul todo lo que le llama la atención y escucha rock de hace trescientos años mientras el resto se burla de su gusto. Su mejor amigo, Dax, se jacta de que será el mejor hacker de la galaxia; un compañero insoportable, Vítor Méndez, aspira al mismo puesto de comandante que él.
Una mañana el llamado del colegio lo saca de la cama y lo mete de golpe en otra vida: lo transfieren a la academia espacial más importante de Asia. En Seúl lo recibe Shuly Jung, profesora de astronomía cuyo trato ambiguo lo desconcierta tanto como la ciudad de torres de cien pisos y montañas verdes al fondo. En la ceremonia de diplomas conoce a Jacob Jones, ingeniero de motores espaciales, vuelve a cruzarse con Dax y descubre a Merídian Ming, hija del director del Centro Espacial, que le produce un deslumbramiento inmediato y mudo. El propio Mark Ming —piloto, astrónomo, único sobreviviente de una misión que dio nombre a su hija— le entrega a Gabriel una distinción sin precedentes: es el alumno más joven de la historia habilitado para comandar una nave sin escalar el rango militar.
Con el diploma llega la nave. Gabriel elige la SCE Helios, blanca con detalles negros, cuatro plantas, motor capaz de duplicar la velocidad de la luz y una inteligencia artificial que habla desde el techo. A bordo lo esperan Lucy Solberg, encargada de la seguridad y el bienestar de la tripulación, y Mathews Foster, piloto militar con quince años de vuelo. La primera escala es el Centro Espacial: una estación con forma de toro, del tamaño de medio Mercurio, con cielos falsos, lagos artificiales, ascensores que avanzan como trenes, guardias robóticos de trato exasperante y viajeros de especies que Gabriel solo había visto en los libros.
Allí un oficial le plantea tres misiones y ningún tiempo para pensarlas: detener el lanzamiento de un misil nuclear en el planeta Taix eligiendo cuál de dos objetivos será destruido; recuperar en el volcán Fuji un dispositivo de escudos que, según le aseguran, fue robado; o sobrevivir a oleadas de criaturas en el planeta salvaje Satus. Si cumple, conservará la nave y recibirá algo que el oficial menciona como si fuera trámite: una máquina para crear su propio planeta. Gabriel elige el misil, firma seguros de vida y pone rumbo a Taix, un mundo de contrabando, piratería y armamento nuclear en cada rincón, donde su primera decisión como comandante será también la primera que le cueste algo.
Escrita en primera persona y en presente, con diálogo abundante, humor adolescente y un narrador que confiesa que a veces se le escapa el acento argentino, la novela combina la aventura espacial clásica —naves, academias, alienígenas, saltos superlumínicos— con la crónica íntima de alguien que pasa de no tener familia a tener una tripulación a cargo. Bajo la trama late la pregunta que el epígrafe de Freddie Mercury anticipa: qué hace alguien con un poder desproporcionado cuando todavía está averiguando quién es.
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