Herido por una bomba incendiaria durante una revuelta en Vutanmapu, un jefe policial despierta en 1974, en plena dictadura, con otra identidad y sin saber si está muerto, soñando o viajando en el tiempo.
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Herido por una bomba incendiaria durante una revuelta en Vutanmapu, un jefe policial despierta en 1974, en plena dictadura, con otra identidad y sin saber si está muerto, soñando o viajando en el tiempo. Para volver, tendrá que enfrentar los silencios que marcaron su carrera.
Tomás Leiva vigila desde su ventana un país partido en dos. Tres años de guerra civil han reducido el territorio a bandos enfrentados: un gobierno que agota sus recursos en pacificar la Araucanía —menos por convicción que por la ruta forestal que atraviesa Vutanmapu— y un pueblo que reclama su independencia como nación. Leiva, jefe interino del cuerpo de policías de la localidad, ocupa el peor lugar posible: el uniforme le exige reprimir aquello que él mismo anhela.
Carga además con una culpa reciente. En su destino anterior aprendió a mirar hacia otro lado mientras dos expolicías hacían el trabajo sucio de un empresario intocable, hermano de un diputado, y solo al final se atrevió a ayudar a escapar a una joven antes de pedir el traslado. Cuando un detective le pide que declare, acepta: ya no quiere ser el lacayo temeroso de nadie. No alcanza a cumplirlo. El ocho de agosto, al salir a contener una protesta, una bomba de manufactura casera le estalla en la cara.
Despierta en el mismo lugar y en otro mundo. El asfalto es tierra, su rostro no tiene una sola herida, la ropa no es suya y el diario anuncia el lunes 18 de febrero de 1974: el año de su nacimiento. En la comisaría que fue suya lo recibe otro Mayor, que lo saluda como Capitán recién llegado del norte, y su cédula le atribuye un segundo apellido que no le pertenece. Nadie más advierte nada extraño. Una voz que solo él escucha le deja una consigna que no sabe descifrar: busque sus errores, ayude a los demás, y cuando llegue el momento exacto elija entre crear bienestar o miseria.
Lo que sigue no es la pesadilla que temía, sino algo más incómodo: un reflejo. Allanamientos sin orden, interrogatorios que terminan a golpes, un detenido en el calabozo cinco al que hay que mantener vivo hasta que hable, el hijo de un coronel que se marcha conduciendo ebrio porque su apellido lo protege —y que un día será diputado, y con él empezará el linaje de abusos que Leiva conoce demasiado bien—. La represión de 1974 y la de su propia época se responden entre sí, y la pregunta que lo persigue no es cómo volver, sino por qué siguió callando.
Entre cigarrillos Hilton, un Dart Swinger prestado y un viaje al pueblo natal donde su madre aún está viva, Leiva empieza a sospechar que su presencia allí tiene un propósito: quizá conocerla, quizá advertirle, quizá cortar de raíz una impunidad que todavía no ha ocurrido. Novela chilena estructurada como una lista de canciones, «El Mayor Tom» avanza de un tema a otro con el pulso de una radio encendida, y convierte el relato de viaje temporal en un ajuste de cuentas con la propia conciencia: qué se debe a quienes uno decidió no ver.
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