Mientras Madrid contiene el aliento por una semifinal de la Eurocopa, en las afueras de la ciudad aparece un cuerpo troceado en diecinueve piezas.
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Mientras Madrid contiene el aliento por una semifinal de la Eurocopa, en las afueras de la ciudad aparece un cuerpo troceado en diecinueve piezas. No será el único: en apenas dos semanas se suceden los cadáveres y el mismo número regresa una y otra vez, como una firma. El sargento Elejalde, veterano de una comisaría donde la corrupción forma parte del sueldo, se ha propuesto cerrar el caso con un culpable detenido y pruebas irrefutables, llegue hasta donde llegue. A su lado, el cabo Ledesma —el compañero que le impusieron y al que detesta— insiste en una hipótesis incómoda: quien mata lleva años haciéndolo.
Un ciclista encuentra restos humanos a orillas del río Guadarrama, en las afueras de Majadahonda. Días después, el sobrino de un anciano de Alcalá de Henares abre con su llave un piso de muebles arrimados contra las paredes y descubre tres bolsas de plástico en el dormitorio. En ambos casos el recuento es el mismo: diecinueve piezas. En el plazo de dos semanas los muertos son cuatro, y el número deja de parecer una casualidad para convertirse en algo peor: un mensaje que nadie sabe leer.
El encargado de la investigación es el sargento Elejalde, un hombre que camina por Usera como quien vuelve a casa, que conoce el olor de cada calle y el nombre de cada portero. También conoce lo otro: el sobre abultado que el viejo Rafa le entrega junto a la caña, las cuotas de una zona que le costó disputar al gordo Fernández, los territorios cedidos a cambio, un capitán que ordena silencios con el índice levantado. En esa comisaría la degradación no es una excepción sino el clima. Elejalde ha aprendido a moverse en él sin dejar de creer que sus casos terminan bien: todos, siempre, con el culpable en prisión. Es lo único que le queda intacto desde la muerte de Susana, la mujer con la que sabía, desde el principio, que solo tendría unos pocos años.
Frente a él está el cabo Ledesma: cuerpo enjuto, expedientes desenterrados, carpetas marcadas con pósits de colores, teorías desmesuradas sobre conspiraciones y asesinos en serie. Durante años ha sido, para el sargento, un lastre insoportable. Esta vez, sin embargo, ha ido al archivo a buscar crímenes antiguos —algunos resueltos por ellos mismos— y ha vuelto con una relación de heridas, cortes y puñaladas que suman siempre lo mismo. Y esta vez, además, su móvil lleva demasiadas horas en silencio. Elejalde ha decidido que no lo va a llamar. Sabe que sería un error.
La novela avanza por voces que se relevan sin previo aviso. La crónica policial en presente, pegada a los pasos del sargento y a la retransmisión del partido, se interrumpe con recortes de prensa de una frialdad forense; con un monólogo telefónico donde el país se resume en dos partidos, el de los que hacen negocio y el de los que no; con diálogos de interrogatorio reducidos al hueso, sin acotaciones ni nombres, donde alguien manda callar y alguien acaba callando. Entre ellas se abre paso la voz de un niño encadenado bajo una mesa, que cuenta los golpes, los padres sucesivos y las fotografías esparcidas sobre un escritorio con una literalidad desarmante: no interpreta nada, y por eso el lector lo entiende todo.
El fútbol funciona aquí como anestesia colectiva —banderas en los balcones, ofertas de televisores, cánticos en la acera— mientras la ciudad produce sus muertos en otra parte. Y sobre el conjunto planea el azar: aquel dado antiguo de veinte caras que Rafa le regaló al sargento cuando era un crío y que él todavía lanza, esperando el número que saldrá. Siempre falta uno para diecinueve, o sobra. Con el verso de César Vallejo como umbral, esta es una novela negra de tono seco y ritmo corto, más interesada en la corrupción que se hereda y se administra que en el enigma limpio: una investigación en la que averiguar quién mata importa menos, al final, que averiguar qué está dispuesto a hacer quien investiga.