Un cuerpo bien vestido aparece tendido en una nave abandonada de la zona franca de Nueva Gades, esa península ficticia que duplica el tamaño de Cádiz.
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Un cuerpo bien vestido aparece tendido en una nave abandonada de la zona franca de Nueva Gades, esa península ficticia que duplica el tamaño de Cádiz. No hay cartera, no hay arma, no hay basura: solo un golpe en la frente y una puerta cerrada con llave desde dentro. El inspector jefe Brais López —tartamudo cuando se enfada, hipocondríaco siempre— llega en bicicleta, empapado y de mal humor, para enfrentarse a un imposible que empieza a martillearle el cerebro.
Un lunes cualquiera de primavera vestida de verano, un mayorista de la zona franca se sube a una estantería a buscar cajas y, linterna de dos euros en mano, ve por un ventanal lo que no debería estar allí: un cuerpo desmadejado en medio de una nave vacía. A partir de ese instante, la rueda de la ley se pone en marcha con su soniquete de sirenas, atestados y burocracia.
El encargado de detenerla es el inspector jefe Brais López: uno noventa de estatura, camiseta de Iron Maiden, cinco días sin fumar y una hipocondría que convierte cualquier zumbido doméstico en un tumor cerebral. Vive con su padre Toño, republicano irreductible, restaurador de radios rescatadas de la basura y maestro consumado en el arte de sacar de quicio a su hijo entre churros y reproches. Comparte piso también con Calígula, un gato negrísimo, y con la obsesión de unas quinielas perdidas: en la administración del barrio hay un premio de casi dos millones sin reclamar y una semana para que caduque.
La escena del crimen no ofrece más que ausencias. Un varón de unos cuarenta años, barba cuidada y teñida, traje y corbata impropios del lugar, sin heridas defensivas y sin documentación. Un único golpe romo en la frente, quizá una piedra que nadie encuentra. Ni jeringuillas ni condones, aunque el almacén linda con la Barriada de los Mártires. Y el detalle que lo cambia todo: la puerta, única entrada posible, estaba cerrada con llave desde dentro y sin forzar.
Acompañado del subinspector Pedro Vélez —su pareja de hecho en la policía—, del cabo Garrido y de un agente novato al que bautiza “el poeta”, Brais tira del único hilo disponible: el nombre del propietario de la nave. Por encima, un comisario de distrito recién estrenado, amigo de infancia y trepa de manual, le exige rapidez porque hay elecciones municipales a la vuelta de la esquina. Y una forense a la que Brais es incapaz de dirigirse sin meter la pata.
Primera entrega de la serie del inspector jefe Brais López, esta novela negra de humor seco y voz muy gaditana levanta un enigma de habitación cerrada sobre un territorio inventado a propósito: Nueva Gades, el Cádiz que habría sido si el mar no le hubiera puesto frontera.
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