Un joven abogado neoyorquino regresa a su despacho del Staford Building a las nueve y diez de la noche y encuentra en él a una desconocida sin memoria que asegura haber dejado un cadáver en el piso de arriba.
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Un joven abogado neoyorquino regresa a su despacho del Staford Building a las nueve y diez de la noche y encuentra en él a una desconocida sin memoria que asegura haber dejado un cadáver en el piso de arriba. Warren Powell decide creerla y se concede doce horas para hallar al verdadero asesino antes de que ella se entregue a la policía. Novela criminal de tono ligero, narrada con ironía por sus propios protagonistas.
«Doce horas de vida» arranca con una confesión risueña: los narradores admiten sin rubor que escriben esta historia porque una esposa se cansó de que la aventura de otra mujer fuera la única digna de novelarse. Ese prólogo, mitad broma editorial y mitad ajuste de cuentas con la crítica y con los editores morosos, fija de entrada el tono del libro: un relato de crimen que no se toma del todo en serio a sí mismo, aunque el crimen sea muy real.
La acción propiamente dicha empieza con una precisión de cronómetro. A las nueve y diez de la noche, Warren Powell —veintisiete años, título recién estrenado, uno de los tres mil despachos minúsculos que se apiñan en un rascacielos de la Quinta Avenida— vuelve a casa eufórico tras una comida con antiguos compañeros de Yale. Entre saltos sobre el diván y malabarismos con un tenedor y una manzana, ve aparecer en el umbral de su dormitorio a una joven que primero atribuye al alcohol. No lo era. La mesita volcada, la ventana abierta de par en par y las manchas oscuras en los dedos de la muchacha cuentan otra historia: en el piso superior hay un hombre apuñalado, y ella no recuerda quién es, ni qué fue a buscar allí, ni si lo mató.
Powell sube por la escalera de incendios y encuentra el cuerpo, el puñal, unos cajones revueltos y una nota escrita con mano firme pero inexperta que anuncia la visita de un cobrador poco paciente. En un gesto impulsivo que lo convierte de golpe en cómplice —y del que él mismo se arrepiente en cuanto lo piensa—, borra las huellas femeninas del mango del arma. Poco después descubre que no está solo en la habitación: escondido en el guardarropa aguarda Dan Cruger, hombre de confianza de Sam Borowsky, jefe de banda y flamante «enemigo público número 1».
De ese hallazgo nace el pulso central del libro. La nota es un arma de dos filos: compromete al gángster tanto como protege a la desconocida, y Powell la juega con la sangre fría de quien fue campeón universitario de boxeo tres años seguidos. Una llamada anónima le da una hora para elegir entre entregar el papel o morir; él responde poniéndolo a salvo en manos de un periodista y sentándose a negociar con Borowsky en el casino del Bryan. Allí el caso se complica de manera decisiva: el muerto no es el chantajista Francis Donovan, inquilino del piso, sino John Parker, célebre abogado de Park Avenue, encontrado con la bata ajena puesta. Alguien pudo matarlo por lo que era, o confundiéndolo con quien no era; distinguir entre ambas cosas se vuelve la clave del enigma.
Mientras tanto, la joven espera encerrada, decidida a entregarse a la policía en cuanto amanezca, y bautizada Ada por un nombre elegido al azar porque a Powell le gusta cómo suena. La cuenta atrás que da título a la novela es a la vez plazo de investigación y sentencia: doce horas para devolverle una identidad, un pasado y una coartada. El resultado es una intriga criminal de mecanismo clásico —cadáver, coartadas móviles, banda organizada, documento comprometedor— servida con diálogo rápido, digresiones humorísticas sobre el oficio de abogado y una simpatía evidente por sus personajes, incluidos los que van armados.
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